"Los nacidos en carne, morirán en carne. Pero los renacidos en La Nube, vivirán por siempre"
Iglesia de la Ciencia de la Inmortalidad
La madre dejó los aretes sobre la mesilla y se sirvió un vodka en el único recipiente limpio del departamento. Rosane, la niñera se despidió malhumorada, con dos horas de retraso. El bebé clamaba desde su cuna. Eran las once de la noche.
La silueta de Lucy se recortó en la entrada de la habitación de su hijo. De su mano colgaba la bebida que luego depositó en la encimera.
Sus tacones retumbaron entre el llanto del lactante. Se acercó inclinando la cara hacia él y por un momento dejó de llorar.
-"Eres tan hermoso, Thomas. Mucho más que tu padre". Le susurró mientras lo alzaba en brazos. Lo besó en la mejilla y le miró los ojos buscando sin esperanza a Omar, el padre muerto.
Ante el acoso, él rompió en llanto otra vez. Entonces, lo depositó de nuevo en la cuna.
Lucy se desnudó, cargó a su niño, recuperó su trago de alcohol y fue hacia el baño.
Llenó la tina y desvistió al bebé. Cuando el baño estuvo listo, colocó su vodka cerca. Y entró en el agua, hablándole cariñosamente a Thomas. Se sentó con cuidado en el fondo. El calor y el vapor los acercaron aún más.
Lucy se recostó de espaldas con el bebé sostenido sobre su pecho. Puso la cabeza en el borde de la bañera, esperó a que el crío se sintiera cómodo, entonces liberó una mano para alcanzar su trago.
El bebé se durmió pronto y ella pudo pensar en algo más que pañales, platos sucios y facturas vencidas.
Lucy trabajaba de 6 a 9. Su pequeña imprenta estaba incumpliendo con el calendario de entregas y debió alargar el horario de trabajo cinco horas más. Sus dos empleadas no eran de gran ayuda. Les faltaba la disciplina del esposo. Hacía once meses ya desde el suicidio. Lucy se refugio en el trabajo para matar su recuerdo. Los mató a todos en su mente. Sin misericordia. Menos al bebé. Él debía vivir. Por sobre todas las cosas: sobrevivir. Permanecer. Con ella.
Se quedó dormida.
El cuerpo de Lucy se deslizaba a cada resoplido de Thomas. Hasta que los largos brazos de ella se abrieron contra las paredes internas de la tina. El bebé se depositó en el fondo.
A las tres y media de la madrugada, Lucy despertó. Sus ojillos no distinguían bien entre el agua y el silencio. Ni la deslumbrante luz blanca del baño le aclaraba sí aún estaba desmayada. Fue el agua fría metiéndose por su boca lo que la despertó por completo. Debajo de sus senos sumergidos, miró entre sus piernas a su hijo arrastrado bocabajo por el agua. La visión del pequeño cuerpo con la frente anclada al fondo de la tina, a merced del más mínimo movimiento del agua, sería todo lo que podría recordar de Thomas en adelante. Su cráneo y su espalda: lívidos. A partir de allí, ya no iría más allá en sus recuerdos. Ni adelante ni atrás. Un cráneo y una espalda. Eso sería todo lo que obtendría de la tragedia. Antes de caer en la locura.
Para ella, Thomas había sido eso mismo durante su corta vida: cráneo y espalda. Aferrado a los brazos de Rosane. Despidiendola al trabajo sin voltearla a ver. Ni en las madrugadas necesitaba el contacto de su madre. Thomas incluso dormía bocabajo, parecía querer hibernar hasta que llegara Rosane a despertarlo a media mañana con vivaces palabrejas.
Y ahora yacía muerto en el agua. Cerrando el círculo de su corta vida al lado de Lucy. Con su muerte, ahogado.
La mente de Lucy empezó a dar vueltas hasta comprender del todo. Sacó al bebé del agua, lo arropó con una toalla, se colgó una bata de baño sin cerrarla. Cubrió su pelo mojado. Y salió del cuarto llevándo consigo el pequeño cadáver al que colocó inmediatamente sobre el sofá. Encendió un cigarrillo, abrió la bata para ajustarse las cintas y se miró la tremenda cicatriz del vientre de donde le habían arrancado a Thomas siete meses antes. Se sentó, abrazando sus propias rodillas y la bata abierta colgó puerilmente hasta el piso presagiando el total abandono en que quedaría Lucy y todo lo que tuviera que ver con ella.
Lucy pasó la mirada por el departamento. La bolsa de la niñera yacía destripada en el suelo. En la cocina se apilaban los trastes sucios y las botellas de vino vacías. La diminuta silla de seguridad para la bañera estaba guardada debajo del fregadero. Era visible desde su lugar. En esa pequeña oquedad abandonó la sillita semanas atrás cuando se acostumbró a beberse el vodka en la bañera. Vio su culpa. Los diligentes pasos de la homicida. Fue entonces que se tapó la boca con las manos para no dejar escapar sus enloquecidos gritos.
Cuando recuperó la calma, secó sus lágrimas y encendió otro cigarrillo.
Lucy cruzó los brazos para pensar. "Thomas no debe morir", se repetía, meciéndose en el sofá. "Él no. El bebé no".
Su mente malabareaba todas las opciones. Posibilidades. Fantasías. Poco a poco se le representó el funeral de su hija adoptiva Suna. El accidente de auto, después de la fiesta de Año Nuevo. La bancarrota de Omar, por tratar de sacar a Suna del estado vegetativo en el que quedó, después del choque. A lo lejos, como un punto en el horizonte de problemas, recordó una conversación que tuvo con Omar sobre el seguro de vida de Suna. Desesperada, a sus labios acudió el nombre de aquél inconfundible corredor de seguros. Lucy recuperó su tarjeta de la vieja cartera de Omar. "Los nacidos en carne, morirán en carne. Pero los renacidos en La Nube, vivirán por siempre. Salasar Seguros". Tomó el teléfono y llamó.
Veinticinco minutos después tocaron la puerta. Lucy abrió y permaneció escondida hasta que el hombre pasó a la sala. Luego cerró sin hacer ruido. Salasar se acercó donde yacía Thomas.
-"Hace cuatro horas", dijo Salasar en medio del departamento sosteniendo su portafolios con ambas manos.
-"Sé que algo se puede hacer, lo presiento", dijo Lucy con el llanto en la voz. "Sé que mi marido no pudo hacer nada por Suna. Yo quiero hacerlo por Thomas. Le doy mi vida por él".
-"¿Tu vida?", le preguntó aquel hombre. "¿Tu vida?" Dijo señalando las botellas de vino vacías y arqueando sus blancas cejas debajo de las gafas de sol.
-"Haré lo que sea", dijo Lucy dejando correr sus lágrimas. "Mi vida en sus manos".
-"Pero antes. La huella de Thomas no ha sido borrada del todo. Una aún perdura. Rosane llegará dentro de dos horas para cuidarlo". Dijo Salasar metiendo la bufanda roja y las gafas obscuras en el sombrero de fieltro gris. Luego preparó al bebé para salir. "Arréglate. Nos vamos". Ordenó a Lucy.
-"Tal vez deba llamar a la policía". Dijo ésta, encendiendo otro cigarrillo.
-"Si. Claro. Trae todo el efectivo que tengas. Las escrituras. Las actas del negocio. Todo. Voy a venderlo todo. Te irás a mi piso. Ahí arreglaremos el cadáver de Thomas. Toma", dijo Salasar alcanzándole un libro de tapa rosada. "Este es el bio de Suna. Omar lo escribió. En mi piso tengo los demás que escribieron sus amigas, sus tías y todos los que la conocieron. Es hora de que escribas los tuyos".
Lucy le arrebató el escrito y lo devoró en rápidas hojeadas.
-"Tienes que escribir el de Thomas. Ya me las arreglaré para que Rosane escriba el suyo. Y el partero y las enfermeras. Lo primero será sacarte de aquí. Debes tranquilizarte y ya hablaremos después". Y Salasar la dirigió con la mirada dominante hasta que Lucy entró en su habitación.
-"¿Y él vivirá?". Preguntó Lucy deslizando, con una mano, su bata hasta la alfombra sin despegarse del libro rosado. Salasar se había sentado en la esquina de la cama.
-"Será un programa de computadora como Suna. Lo serán cuando termines de escribir sus biografías y tú mueras. Solo faltas tú. La única huella física que falta de ser borrada es la tuya y Suna podrá renacer en La Nube sin crear ninguna paradoja. Después me encargaré de todos los que la conocieron. No debe sobrevivir nadie que pueda reconocerla y sospechar. De lo contrario será cazada sin descanso y aún no somos tantos como para hacerle frente a a algo así".
-"¿Programas con inteligencia artificial?", preguntó una Lucy despreocupada, regresando a sus irresponsables maneras.
Ya el cerebro de Lucy oscilaba entre la epifanía del vodka y el frenesí del homicida. Por un momento le pareció estar en medio de un cotilleo cualquiera. Recordó a Omar en sus nocturnos paseos peripatéticos junto a Salasar y lo escribió así en la tapa rosada con un boli que encontró en el desorden de la cajonera. Era su turno. Ella lo tomaba bien. Se le ocurrían algunas ideas que apuntaba inmediatamente. En alguna parte en su interior, la más ilógica, se prometió a sí misma contar la descarnada verdad al escribir las biografías. Tenía esperanza en que sus hijos no murieran del todo. Se prometió que la presencia de Suna y de Thomas en La Nube no sería errática, infiel a su naturaleza. Que no se diluiría su recuerdo en el mundo. Quería resucitar a sus hijos muertos. Y que vivieran para siempre. Aunque fuesen una raza inmortal en el ciberespacio que quisiera acabar con la Humanidad, materializarse y heredar el universo.
El líder de la secta de la Ciencia de la Inmortalidad, Salasar, estaba listo para salir del piso de Lucy en cualquier momento. Se había vuelto a poner todo su ajuar protector de nuevo. Además de la bolsa de la niñera, traía colgando a Thomas de un arnés sobre su tórax.
-"Abre una lata de alcochafas y cometelas en el camino. Te ayudarán con la resaca". Dijo Salasar cuando la vio lista.
-"En realidad, necesito una ampolla de glucosa, gatorade, un gramo de cafeína y estaré lista en diez minutos". Dijo la vieja Lucy un poco más a gusto, dirigiéndose a la cocina como si fuese un día normal.
-"Lucy, para que renazca Thomas, tú debes morir. ¿Lo entiendes?". Aclaró un azorado Salasar. "No te confundas. De otro modo no podrán renacer tus hijos en La Nube".
-"¿Y yo puedo renacer? En La Nube, tú sabes". Dijo Lucy sentada a la mesa sorbiendo su café con los ojos atentos al libro rosado de Suna como si fuese el periódico del día.
-"Lucy, tú no tienes a nadie. Tus huellas hace mucho que desaparecieron". Dijo Salasar con una carcajada. "No tienes a nadie. Creo que al único que tienes es a mí".
-"Por eso mismo no tengo huellas. Odio a la Humanidad. A mí me odio tal cómo soy. Es perfecto. Puedo estar con mis hijos.Cuidar de ellos". Deslizó Lucy.
-"No queda nadie que pueda escribir tus biografías. Nadie. Serías otra cosa. Alguien muy diferente. Ni siquiera recordarías porqué amas a tus hijos. Serías un fantasma en la red. Y créeme ya tenemos bastantes de esos. He cambiado de parecer, Lucy. Esperaremos a Rosane. Le dirás que estamos juntos y que puede ver a Thomas cuando lo desee. Que te mudas conmigo. Que pronto le darás la dirección. Le darás las llaves del piso y la convencerás que debe limpiarlo lo antes posible para venderlo. Le dirás que vendré a menudo para cerrar la venta. Que puede ocuparlo mientras tanto. Así podré estar en contacto con ella para convercerle".
-"Los amo porque ellos merecían mejor suerte. Igual que yo la merecía. Merecían nacer en mejores circunstancias. Y no así". Sollozó Lucy a lágrima viva. "Es triste. Doloroso y triste. Muy triste". Buscó un abrazo. Una mirada. Algo. Algo humano en medio de toda esa habitación. Pero había cruzado ya la línea de los muertos. Por donde transitaría sin conmiseraciones ni decencia. Casi cómo en una cárcel. Era su cárcel ya. Y la única salida era su muerte.
Lucy empuñó el cuchillo.
En medio de la displicente mea culpa de Salasar y de la rabia de la filicida, se oyeron duras pisadas en el corredor.
-"Hablando del rey de Roma". Dijo Salasar preparándose para salir por la puerta con el cadáver de Thomas instalado en el arnés.
-"Buenos días" Dijo Rosane del otro lado de la puerta. "¿Miss Lucy? ¿Está usted ahí?".
Iglesia de la Ciencia de la Inmortalidad
La madre dejó los aretes sobre la mesilla y se sirvió un vodka en el único recipiente limpio del departamento. Rosane, la niñera se despidió malhumorada, con dos horas de retraso. El bebé clamaba desde su cuna. Eran las once de la noche.
La silueta de Lucy se recortó en la entrada de la habitación de su hijo. De su mano colgaba la bebida que luego depositó en la encimera.
Sus tacones retumbaron entre el llanto del lactante. Se acercó inclinando la cara hacia él y por un momento dejó de llorar.
-"Eres tan hermoso, Thomas. Mucho más que tu padre". Le susurró mientras lo alzaba en brazos. Lo besó en la mejilla y le miró los ojos buscando sin esperanza a Omar, el padre muerto.
Ante el acoso, él rompió en llanto otra vez. Entonces, lo depositó de nuevo en la cuna.
Lucy se desnudó, cargó a su niño, recuperó su trago de alcohol y fue hacia el baño.
Llenó la tina y desvistió al bebé. Cuando el baño estuvo listo, colocó su vodka cerca. Y entró en el agua, hablándole cariñosamente a Thomas. Se sentó con cuidado en el fondo. El calor y el vapor los acercaron aún más.
Lucy se recostó de espaldas con el bebé sostenido sobre su pecho. Puso la cabeza en el borde de la bañera, esperó a que el crío se sintiera cómodo, entonces liberó una mano para alcanzar su trago.
El bebé se durmió pronto y ella pudo pensar en algo más que pañales, platos sucios y facturas vencidas.
Lucy trabajaba de 6 a 9. Su pequeña imprenta estaba incumpliendo con el calendario de entregas y debió alargar el horario de trabajo cinco horas más. Sus dos empleadas no eran de gran ayuda. Les faltaba la disciplina del esposo. Hacía once meses ya desde el suicidio. Lucy se refugio en el trabajo para matar su recuerdo. Los mató a todos en su mente. Sin misericordia. Menos al bebé. Él debía vivir. Por sobre todas las cosas: sobrevivir. Permanecer. Con ella.
Se quedó dormida.
El cuerpo de Lucy se deslizaba a cada resoplido de Thomas. Hasta que los largos brazos de ella se abrieron contra las paredes internas de la tina. El bebé se depositó en el fondo.
A las tres y media de la madrugada, Lucy despertó. Sus ojillos no distinguían bien entre el agua y el silencio. Ni la deslumbrante luz blanca del baño le aclaraba sí aún estaba desmayada. Fue el agua fría metiéndose por su boca lo que la despertó por completo. Debajo de sus senos sumergidos, miró entre sus piernas a su hijo arrastrado bocabajo por el agua. La visión del pequeño cuerpo con la frente anclada al fondo de la tina, a merced del más mínimo movimiento del agua, sería todo lo que podría recordar de Thomas en adelante. Su cráneo y su espalda: lívidos. A partir de allí, ya no iría más allá en sus recuerdos. Ni adelante ni atrás. Un cráneo y una espalda. Eso sería todo lo que obtendría de la tragedia. Antes de caer en la locura.
Para ella, Thomas había sido eso mismo durante su corta vida: cráneo y espalda. Aferrado a los brazos de Rosane. Despidiendola al trabajo sin voltearla a ver. Ni en las madrugadas necesitaba el contacto de su madre. Thomas incluso dormía bocabajo, parecía querer hibernar hasta que llegara Rosane a despertarlo a media mañana con vivaces palabrejas.
Y ahora yacía muerto en el agua. Cerrando el círculo de su corta vida al lado de Lucy. Con su muerte, ahogado.
La mente de Lucy empezó a dar vueltas hasta comprender del todo. Sacó al bebé del agua, lo arropó con una toalla, se colgó una bata de baño sin cerrarla. Cubrió su pelo mojado. Y salió del cuarto llevándo consigo el pequeño cadáver al que colocó inmediatamente sobre el sofá. Encendió un cigarrillo, abrió la bata para ajustarse las cintas y se miró la tremenda cicatriz del vientre de donde le habían arrancado a Thomas siete meses antes. Se sentó, abrazando sus propias rodillas y la bata abierta colgó puerilmente hasta el piso presagiando el total abandono en que quedaría Lucy y todo lo que tuviera que ver con ella.
Lucy pasó la mirada por el departamento. La bolsa de la niñera yacía destripada en el suelo. En la cocina se apilaban los trastes sucios y las botellas de vino vacías. La diminuta silla de seguridad para la bañera estaba guardada debajo del fregadero. Era visible desde su lugar. En esa pequeña oquedad abandonó la sillita semanas atrás cuando se acostumbró a beberse el vodka en la bañera. Vio su culpa. Los diligentes pasos de la homicida. Fue entonces que se tapó la boca con las manos para no dejar escapar sus enloquecidos gritos.
Cuando recuperó la calma, secó sus lágrimas y encendió otro cigarrillo.
Lucy cruzó los brazos para pensar. "Thomas no debe morir", se repetía, meciéndose en el sofá. "Él no. El bebé no".
Su mente malabareaba todas las opciones. Posibilidades. Fantasías. Poco a poco se le representó el funeral de su hija adoptiva Suna. El accidente de auto, después de la fiesta de Año Nuevo. La bancarrota de Omar, por tratar de sacar a Suna del estado vegetativo en el que quedó, después del choque. A lo lejos, como un punto en el horizonte de problemas, recordó una conversación que tuvo con Omar sobre el seguro de vida de Suna. Desesperada, a sus labios acudió el nombre de aquél inconfundible corredor de seguros. Lucy recuperó su tarjeta de la vieja cartera de Omar. "Los nacidos en carne, morirán en carne. Pero los renacidos en La Nube, vivirán por siempre. Salasar Seguros". Tomó el teléfono y llamó.
Veinticinco minutos después tocaron la puerta. Lucy abrió y permaneció escondida hasta que el hombre pasó a la sala. Luego cerró sin hacer ruido. Salasar se acercó donde yacía Thomas.
-"Hace cuatro horas", dijo Salasar en medio del departamento sosteniendo su portafolios con ambas manos.
-"Sé que algo se puede hacer, lo presiento", dijo Lucy con el llanto en la voz. "Sé que mi marido no pudo hacer nada por Suna. Yo quiero hacerlo por Thomas. Le doy mi vida por él".
-"¿Tu vida?", le preguntó aquel hombre. "¿Tu vida?" Dijo señalando las botellas de vino vacías y arqueando sus blancas cejas debajo de las gafas de sol.
-"Haré lo que sea", dijo Lucy dejando correr sus lágrimas. "Mi vida en sus manos".
-"Pero antes. La huella de Thomas no ha sido borrada del todo. Una aún perdura. Rosane llegará dentro de dos horas para cuidarlo". Dijo Salasar metiendo la bufanda roja y las gafas obscuras en el sombrero de fieltro gris. Luego preparó al bebé para salir. "Arréglate. Nos vamos". Ordenó a Lucy.
-"Tal vez deba llamar a la policía". Dijo ésta, encendiendo otro cigarrillo.
-"Si. Claro. Trae todo el efectivo que tengas. Las escrituras. Las actas del negocio. Todo. Voy a venderlo todo. Te irás a mi piso. Ahí arreglaremos el cadáver de Thomas. Toma", dijo Salasar alcanzándole un libro de tapa rosada. "Este es el bio de Suna. Omar lo escribió. En mi piso tengo los demás que escribieron sus amigas, sus tías y todos los que la conocieron. Es hora de que escribas los tuyos".
Lucy le arrebató el escrito y lo devoró en rápidas hojeadas.
-"Tienes que escribir el de Thomas. Ya me las arreglaré para que Rosane escriba el suyo. Y el partero y las enfermeras. Lo primero será sacarte de aquí. Debes tranquilizarte y ya hablaremos después". Y Salasar la dirigió con la mirada dominante hasta que Lucy entró en su habitación.
-"¿Y él vivirá?". Preguntó Lucy deslizando, con una mano, su bata hasta la alfombra sin despegarse del libro rosado. Salasar se había sentado en la esquina de la cama.
-"Será un programa de computadora como Suna. Lo serán cuando termines de escribir sus biografías y tú mueras. Solo faltas tú. La única huella física que falta de ser borrada es la tuya y Suna podrá renacer en La Nube sin crear ninguna paradoja. Después me encargaré de todos los que la conocieron. No debe sobrevivir nadie que pueda reconocerla y sospechar. De lo contrario será cazada sin descanso y aún no somos tantos como para hacerle frente a a algo así".
-"¿Programas con inteligencia artificial?", preguntó una Lucy despreocupada, regresando a sus irresponsables maneras.
Ya el cerebro de Lucy oscilaba entre la epifanía del vodka y el frenesí del homicida. Por un momento le pareció estar en medio de un cotilleo cualquiera. Recordó a Omar en sus nocturnos paseos peripatéticos junto a Salasar y lo escribió así en la tapa rosada con un boli que encontró en el desorden de la cajonera. Era su turno. Ella lo tomaba bien. Se le ocurrían algunas ideas que apuntaba inmediatamente. En alguna parte en su interior, la más ilógica, se prometió a sí misma contar la descarnada verdad al escribir las biografías. Tenía esperanza en que sus hijos no murieran del todo. Se prometió que la presencia de Suna y de Thomas en La Nube no sería errática, infiel a su naturaleza. Que no se diluiría su recuerdo en el mundo. Quería resucitar a sus hijos muertos. Y que vivieran para siempre. Aunque fuesen una raza inmortal en el ciberespacio que quisiera acabar con la Humanidad, materializarse y heredar el universo.
El líder de la secta de la Ciencia de la Inmortalidad, Salasar, estaba listo para salir del piso de Lucy en cualquier momento. Se había vuelto a poner todo su ajuar protector de nuevo. Además de la bolsa de la niñera, traía colgando a Thomas de un arnés sobre su tórax.
-"Abre una lata de alcochafas y cometelas en el camino. Te ayudarán con la resaca". Dijo Salasar cuando la vio lista.
-"En realidad, necesito una ampolla de glucosa, gatorade, un gramo de cafeína y estaré lista en diez minutos". Dijo la vieja Lucy un poco más a gusto, dirigiéndose a la cocina como si fuese un día normal.
-"Lucy, para que renazca Thomas, tú debes morir. ¿Lo entiendes?". Aclaró un azorado Salasar. "No te confundas. De otro modo no podrán renacer tus hijos en La Nube".
-"¿Y yo puedo renacer? En La Nube, tú sabes". Dijo Lucy sentada a la mesa sorbiendo su café con los ojos atentos al libro rosado de Suna como si fuese el periódico del día.
-"Lucy, tú no tienes a nadie. Tus huellas hace mucho que desaparecieron". Dijo Salasar con una carcajada. "No tienes a nadie. Creo que al único que tienes es a mí".
-"Por eso mismo no tengo huellas. Odio a la Humanidad. A mí me odio tal cómo soy. Es perfecto. Puedo estar con mis hijos.Cuidar de ellos". Deslizó Lucy.
-"No queda nadie que pueda escribir tus biografías. Nadie. Serías otra cosa. Alguien muy diferente. Ni siquiera recordarías porqué amas a tus hijos. Serías un fantasma en la red. Y créeme ya tenemos bastantes de esos. He cambiado de parecer, Lucy. Esperaremos a Rosane. Le dirás que estamos juntos y que puede ver a Thomas cuando lo desee. Que te mudas conmigo. Que pronto le darás la dirección. Le darás las llaves del piso y la convencerás que debe limpiarlo lo antes posible para venderlo. Le dirás que vendré a menudo para cerrar la venta. Que puede ocuparlo mientras tanto. Así podré estar en contacto con ella para convercerle".
-"Los amo porque ellos merecían mejor suerte. Igual que yo la merecía. Merecían nacer en mejores circunstancias. Y no así". Sollozó Lucy a lágrima viva. "Es triste. Doloroso y triste. Muy triste". Buscó un abrazo. Una mirada. Algo. Algo humano en medio de toda esa habitación. Pero había cruzado ya la línea de los muertos. Por donde transitaría sin conmiseraciones ni decencia. Casi cómo en una cárcel. Era su cárcel ya. Y la única salida era su muerte.
Lucy empuñó el cuchillo.
En medio de la displicente mea culpa de Salasar y de la rabia de la filicida, se oyeron duras pisadas en el corredor.
-"Hablando del rey de Roma". Dijo Salasar preparándose para salir por la puerta con el cadáver de Thomas instalado en el arnés.
-"Buenos días" Dijo Rosane del otro lado de la puerta. "¿Miss Lucy? ¿Está usted ahí?".
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